Diego Ventura le pone la rúbrica a su año más grande en Querétaro

No cabía otro final que no fuera éste, posiblemente, para la mejor temporada de un rejoneador en la historia de este arte. Lo atestigua el peso implacable de lo conseguido. Aquel rabo de Madrid, el de Arles también, la encerrona en Las Ventas, las diecisiete puertas grandes en la primera plaza del mundo, el indulto del toro Fantasma en la México… Hitos todos ellos, de ésos que, de forma muy extraordinaria, se consiguen alguna vez en el cómputo de una vida completa, pero que Diego Ventura ha tornado en habitual en su camino de un año que era el de los veinte años y que ya es el año que marca el antes y el después de los años que tienen que venir. Lo hecho, escrito está y ya no tiene vuelta atrás, sino muchos pasos adelante en la proyección social de un arte que no sólo no es menor, sino que es mayúsculo.

La faena grande Diego en regreso a la Santa María de Querétaro para la corrida de la Navidad fue la que le hizo al toro Bandolero, de De la Mora, con el haber de que se movió, pero con el debe de que no siempre lo hizo con franqueza. Dio igual: se trataba de impactar de nuevo y Ventura lo hizo desde el encuentro fulgurante con Bombón. Ya en banderillas, Bronce, como luego y como siempre, hizo de las suyas, que es mandar más allá del juego de los toros o de los terrenos donde haya que ponerse. Diego Ventura conquista esos espacios porque son los que marcan la diferencia, para lo que necesita de un caballo diferentes como es Bronce. Desde que apareciera allá por las última citas de 2018, Gitano se manifiesta como la magia para con sus sorprendentes pares a dos manos y al violín. Y si Gitano desató la pasión, Dólar le metió fuego que ya nunca se extinguió al ejecutar dos pares de banderillas a dos manos sin cabezada. Mató pronto con Prestigio y el toro tardó algo en caer. De haberlo hecho pronto, Diego Ventura hubiese cortado su último rabo del año.

Salió con brío y moviéndose Bribón-112, su primer toro, al que recogió y atemperó con Jaguar. La movilidad del toro y la templanza y suavidad con que le enceló Diego en el caballo tuvo quilates de clase. Como luego la lidia ofrecida con el infalible Bronce, capaz de domeñar la casta más viva y de dejarse llegar muy cerca la embestida del toro, que sostuvo a milímetros en el toreo de costado y por dentro hasta completar una vuelta completa al anillo. Noble y acompasado el trote del toro y homogénea la cabalgadura en su capacidad para mantener siempre el mismo ritmo. Luego, con Oro, toreó Ventura por la cara con la grupa, en los medios, dominando los tiempos y los terrenos y exprimiendo las virtudes del ejemplar de De la Mora, al que finiquitó con Toronjo, que tardó en caer. Fue, quizá, lo que redujo el premio final.

Querétaro
Oreja y dos orejas
De la Mora

Prensa Diego Ventura

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